jueves, febrero 19

En mi vida: respuesta exagerada...

Volví más bronceada que nunca de los días que mi papá se quiso tomar en la vecina ciudad de Olmué, una ciudad tranquila, bonita, apacible. Olmué, esa cosa es casi campo, casi ciudad. Donde hay calle pavimentada, asfaltada y su buen camino de tierra. Esa ciudad-campo que tiene grandes eventos como su festival, conocido como “El festival del Huaso del Olmué”, curioso nombre, por decirlo menos, le da fuerza a mi idea de la ciudad casi campo, supongo. La ciudad casi campo, que contaba con su placita con los caballos estacionados para el paseo de la gente, como yo, que encuentra tan folclórico, tan típico andar paseando a caballo, cosa que (por lo que se ve) ni siquiera es típico para la gente de Olmué, es para ellos más típico andar en bicicleta, pero sería bien fome poner bicicletas en una plaza para que las arrendaran. Así que supongo que los caballos están o estaban bien. Ahora, creo, que están en Granizo, y allá es más “campo”, hay menos pavimento. Y más verde desordenado, no con la escrupulosidad que están dispuestas las áreas verdes en mi Viña del Mar. Sí, Olmué. El campo cerca de mi Viña del Mar. Lo maravilloso, es que con los caminos nuevos, la vida me permite estar allí en 30 óptimos minutos, en lugar de las horas, que me contaba mi abuelita, que se demoraba en llegar allá.

Y llegué al Olmué, antes de llegar al lugar donde me quedaría, fui contando todos los lugares donde vendían cosas, donde se pudiera llamar, donde no sé, hubiese un indicio de comunicación con Viña del Mar, aun cuando estuviera sólo 30 minutos, son importantes para mí esos puntos… Llegué, una casa grande. En medio de dos terrenos vacíos. Había agua potable, un indicio de civilidad que agradecí. En cuanto pisé el lugar, no dejé de notar la cantidad de arbolitos que había, paltos, ciruelos, limoneros, chirimoyos y las frutillas, miles de matitas de ellas.


En mi primera inspección de la casa, me gustó, era bonita, “acogedora”, miré por debajo de las camas (eso siempre tiene una atracción eufórica conmigo, quizá por mi loca fobia a las arañas, que siempre hace que revise todo, o tal vez porque la curiosidad me mata, no lo tengo claro), luego al patio de atrás, a la piscina, me gustó también, y me eché como dueña del mundo sobre una reposera a recibir los amables rayitos de sol que saludan al día en ese momento. Y fui a ver las benditas frutillas… Quizá por recuerdo nostálgico de mi abuelo que las plantaba en el patio de atrás cuando yo era más niña. Y como si fuera inspectora, o certificadora de calidad, o cualquier cosa así, las observé de cerca. Sí, eran como en el patio de la casa de mi abuelo, pero más de cerca. Lindas las frutitas.

Me fui al patio de atrás y empecé con estornudos, una y otra vez. Cuando me di cuenta que estaba estornudando demasiado y que mis ojitos picaban, pensé “alergia”… Técnicamente aquí en vIña del Mar, nunca fui alérgica a nada. Es más, me daba risa las cosas a las que la gente puede ser alérgica, y siempre pensaba en la definición que nos dieron en el colegio sobre la alergia : “una respuesta exagerada a un estímulo”. No se puede exagerar frente a café, por ejemplo. O no se puede exagerar con la lana. Son cosas extrañas. No se puede responder exageradamente a la tierra o al pasto, son cosas naturales. No deberían afectar, simplemente. Pero ahí estaba yo, ojos rojos, caja de pañuelos en la otra mano, en la respuesta más exagerada a la naturaleza.

En fin, resignada, declaré: “Debo ir a la farmacia”, fui al “centro” de la ciudad-campo esta, y fue aún más grande y exagerada mi respuesta antes este estímulo que mencionaré a continuación: No hay farmacias en Olmué… ¿Cuál es la idea de que no existan farmacias en Olmué? Si la gente necesita algo con apuro, no puede tenerlo, necesariamente debe salir del lugar e ir a Limache a buscar algo, hasta una aspirina, es ilógico.


Preocupada y pensativa miré mis pañuelitos en la caja, y decidí relajarme, entregarme a la destructiva naturaleza y dormir, hasta “acostumbrarme” o a la alergia o a al lugar hasta que ya no me afecte la bendita naturaleza.


Gigantesca fue mi sorpresa, cuando ya alejada de toda frutilla por 24 horas, ya no necesité mis pañuelitos, y pude ser feliz entre los otros arbolitos, y entre la naturaleza con agua potable que me brindaba el campo-ciudad.

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